Las agresiones a médicos y enfermeros de Sevilla crecen casi un 40 por ciento en seis meses

La doctora sevillana Carmen Jódar no se imaginaba, cuando empezó a estudiar Medicina, que tendría que tendría que hacer un curso de defensa personal para ejercer su trabajo en un centro de salud. Lo imparten agentes de la Guardia Civil y en él se enseña a los médicos a defenderse con los antebrazos de posibles agresiones de pacientes o familiares. También se les advierte de que no deben dejar bolígrafos u objetos punzantes a la vista porque alguien los puede coger para clavárselos en un ojo y que deben ubicar la silla en la que se sientan de manera que tengan vía expedita a la puerta para escapar corriendo de un posible agresor. El curso lo han recibido más de 1.800 profesionales sanitarios en Sevilla.

Esta médico de familia de 45 años tampoco podría imaginar, cuando estudiaba en la Facultad, que fueran necesarios arcos detectores de metales, guardias de seguridad, videocámaras y salidas de emergencia en algunos centros de salud; pero ni con eso ni con una app móvil que la Guardia Civil les facilita a los médicos para conectar con ella se ha podido evitar que se multiplique n las agresiones en las últimas semanas en Sevilla. En el primer semestre de 2019 se han denunciado 182 (35 de ellas, físicas), casi un cuarenta por ciento más que las 138 de ese mismo período de 2018.

Algunas de sus víctimas han contado qué les ocurrió y las secuelas que sufren después de ser agredidas: a Carmen los primeros días le temblaban las piernas cuando escuchaba un grito en su centro. Otros tienen pesadillas por las noches o padecen ansiedad; y algunos como el doctor sevillano Manuel Moreno Trabado, médico de familia de 64 años que ejerce su trabajo en Castilblanco, han tenido que recurrir a tranquilizantes y somníferos por primera vez en su vida.

No se trata de un fenómeno nuevo, pero sí de un problema que se agrava mes a mes, año a año. Las agresiones físicas y verbales a profesionales sanitarios vienen creciendo a un ritmo anual de dos dígitos desde 2016. No son muchas comparadas con el número de usuarios del sistema sanitario público, pero son muchas más de las aceptables en cualquier país desarrollado y civilizado contra unos profesionales que se esmeran por curar a sus pacientes y que no entienden que puedan recibir a cambio un insulto, una patada, un empujón, una bofetada, un puñetazo o una amenaza de muerte.

En 2016 se denunciaron 1.001 agresiones, de las cuales el 60 por ciento de ellos las sufrieron médicos y enfermeros. En 2017 su número escaló hasta las 1.114, un 11 por ciento más; y en 2018 hasta 1.234 agresiones, otro 11 por ciento más. Un 22 por ciento en dos sólo años.

En Sevilla se produjeron 282 agresiones en 2018 a profesionales sanitarios, de las cuales 112 se cometieron contra médicos. Ese número no ha dejado de crecer desde 2016, cuando se denunciaron 77. En 2017 fueron 94, casi un treinta por ciento más, y en lo que va de año ese porcentaje ha seguido aumentando hasta casi un cuarenta por ciento más, un problema que la viceconsejera de Salud y Familias de Andalucía, Catalina García, no duda en calificar de «importante» y del que dice «debemos solucionar entre todos, con campañas de concienciación, mayores medidas de seguridad y ayuda a los profesionales agredidos».

La tasa de agresiones por número de profesionales de Sevilla es la cuarta más alta de Andalucía (2,31). Sólo Málaga, Almería y Córdoba la superan.

Más mujeres que hombres

Como ocurre en el ámbito docente, las mujeres sufren muchas más agresiones que los hombres, más del doble en el caso de médicos, y casi el triple en el caso de profesionales de Enfermería. En toda Andalucía 320 hombres y 914 mujeres sufrieron alguna agresión el pasado año.

En Atención Primaria y Urgencias es donde se producen más episodios de violencia física o verbal. Según un informe del SAS, casi la mitad de la agresiones «no tienen causa aparente» y el 30 por ciento se produce por «desacuerdo con el trato o conducta en el acto del profesional». El 10 por ciento se debe a «la demanda de un tratamiento distinto al prescrito» o a «la disconformidad con el tiempo de atención en el centro».

Alfonso Carmona, presidente del Colegio de Médicos de Sevilla,asegura que «dado que no podemos volver a las escuelas para educar a estos ciudadanos, tiene que haber un Código Penal claro y concreto y los jueces deben aplicarlo de forma contundente y eficaz. El juez debe tener la suficiente valentía y honradez para aplicar la ley como debe».

Carmona constata que «la Policía Nacional y la Guardia Civil se está desviviendo por nosotros, formando al personal para que sepa defenderse, controlando la situación y, cuando llamamos a los efectivos acuden prestos pero, claro, cuando llegan, ya se ha producido el acto. Luego, detienen al agresor, lo ponen delante del juez y sale por la misma puerta que entró, otra vez, a la calle -asegura-. Si una persona sabe que, si agrede al personal sanitario va a la cárcel, ya no lo hace otra vez. Es la única forma de acabar con las agresiones».

Carmona defiende la prestación segura del acto médico tanto en la sanidad pública como la privada y apuesta por un registro de agresiones y de centros conflictivos, en los que se implanten medidas de seguridad disuasorias.

«No hay ninguna medida concreta de la Administración que haga pensar que esto pueda cambiar. Las agresiones físicas son las que más han aumentado, aunque no siempre se registra en las estadísticas», asegura, por su parte, Rafael Ojeda, presidente del Sindicato Médico de Sevilla, para quien «el daño al profesional es enorme. Muchos profesionales tardan en recuperarse del episodio. Sienten miedo a ser agredidos de nuevo o a volver a encontrarse con su agresor en consulta. Es como una doble humillación: la que representa la propia agresión y la que inflige la Administración dejando que la estadística aumente sin adoptar medidas reales para prevenirlas», asegura. Y añade este galeno sevillano: «Da la impresión de que se tiene que matar a un médico para que se haga algo. Hay gente que entra en los consultorios con armas blancas y hay casos en los las han clavado en la mesa del médico».

Cuidado con los bolígrafos

«Que no podamos dejar un bolígrafo encima de la mesa para que no nos lo claven, o que no separemos los dedos de las manos para que no se los lleven por delante es muy duro», dice Ana (nombre ficticio), una médico de familia que acaba de sufrir una agresión y que prefiere permanecer en el anonimato. Le ocurrió este mes en el consultorio de Villaverde del Río. La agresora era la madre de un niño de 2 años que decía que se estaba asfixiando y que le pedía insistentemente un antibiótico. La doctora lo examinó y comprobó que su hijo tenía un catarro y que no era apropiado recetarle ningún antibiótico.

La mujer no aceptó esas razones e insistió en que se lo prescribiera entre insultos y gritos. Ana abrió la puerta de la consulta, como recomiendan las fuerzas de seguridad en estos casos, y varios compañeros del consultorio, alertados por los gritos, llamaron a la Policía Local, que se presentó allí a los pocos minutos «La mujer -cuenta la doctora- atrancó la puerta con el carro del niño y no dejó entrar al agente e inició un forcejeo conmigo, me amenazó de muerte e intentó abofetearme». No lo logró porque le paró el golpe con su antebrazo, gracias al curso de defensa personal que le dio la Guardia Civil. Ana tiene 60 años.

Al final la Policía detuvo a la mujer, pero esta veterana doctora estuvo varios días en shock. «Tenía agujetas en las piernas como si hubiera corrido un maratón y los primeros días estaba atemorizada pensando en el siguiente paciente que entraría por la puerta de mi consulta, pero tenía que tirar para adelante», confiesa. Dice que no se quiso dar de baja, como le recomendaron desde la inspección del SAS, porque «los demás pacientes no eran culpables de nada y no tenían por qué pagarlo».

Ana lleva treinta años ejerciendo la medicina y dice que esto no sucedía antes. «Se han agravado estos casos. Hay muchos insultos y agresiones no sólo a médicos sino al resto de los profesionales sanitarios», dice. Esta doctora sevillana habla de un problema de educación. «Antes se trataba a los médicos con respeto, no digo que nadie nos tenga que tratar como a dioses, porque somos seres humanos que nos podemos equivocar, pero sí merecemos el mismo respeto con que nosotros tratamos a los pacientes», dice.

Y añade que los políticos deberían poner tanto énfasis en las obligaciones como en los derechos. «Estas agresiones no pueden quedar impunes y pegarle a un médico no puede salir gratis o, como mucho, con una pequeña multa».

Aunque hay un sistema de citas previas, en el consultorio de Villaverde del Río no siempre se respeta. «Algunos pacientes se presentan cuando quieren y, a veces, confluyen muchos a la misma hora sin una patología urgente. A las ocho de la mañana no suele venir nadie», dice.

Que los médicos sean considerados legalmente como autoridad no parece que eso haya disuadido a los agresores. «Si vieras los golpes y mordiscos que le dio esa mujer al policía que trataba de calmarla», asegura Ana.

“Te voy a arruinar la vida”

Carmen Jódar también es médico de familia. Esta doctora de 45 años ha trabajado en centros problemáticos y ha tenido situaciones complicadas a lo largo de su carrera de las que salió airosa. Hasta hace un mes. «Llegó una mujer a mi consulta, una paciente mía, preguntando por su madre, que vivía en una residencia de ancianos -cuenta-. La madre, que sufría una gran soledad, consumía muchos ansiolíticos y la mujer me culpaba a mí de que estuviera todo el día dormida y no le rebajaran la medicación en la residencia. Empezó a gritarme como una loca y me dijo que me iba a arruinar la vida. ¿Y sabe usted? -dice Carmen-. Yo tengo dos niños».

La Policía se la llevó y la cambiaron de médico, pero esta doctora empezó a tener pesadillas. Eran las secuelas psicológicas de una amenaza de muerte y de la situación de tensión vivida en su consulta. «Tenía miedo hasta cuando iba a desayunar y le tuve que pedir a un compañero que me acompañara. Tuve antes experiencias malas en Urgencias, pero ninguna me afectó tanto como ésta. Yo no he sido nunca así pero ahora, cuando entra un paciente con mala cara o hablando más alto de la cuenta, es que me descompongo. Literalmente me tiemblan las piernas, me angustio cuando escucho un grito en el consultorio», confiesa.

Carmen agradece al Colegio de Médicos de Sevilla su apoyo «desde el primer momento». El SAS, su empresa, no estuvo tan cerca de ella como hubiera deseado, dice: «No respondió como yo esperaba. A los tres o cuatro días, me llamaron y ya está». Ella, como Ana, tampoco quiso darse de baja. «He estado siete meses con una lesión en el hombro y nunca dejé de trabajar. Pasé días muy malos después de este incidente. Cuando alguien te amenaza de muerte, no sabes si está loca o puede coger un cuchillo y te va a esperar en la puerta de la consulta un día después», asegura.

El caso de esta médico de familia no es un hecho aislado. «A un compañero que está a punto de jubilarse, una madrugada fue a una casa a ponerle una inyección intramuscular a un paciente y éste le quitó la aguja y le pinchó la barriga. A otra compañera le han tirado una muleta a la cabeza -cuenta-. Hay algunos pacientes que no entienden que no les receten lo que ellos digan o que no les atiendan inmediatamente. A mí todo esto me parece inconcebible. La mayoría de los pacientes sigue siendo respetuosa, pero cada vez hay más gente que reacciona con agresividad y violencia», alerta.

Carmen, como otros médicos víctimas de agresiones, opina que estos pacientes agresivos «tienen una esperanza en el sistema sanitario público que no existe porque hay tiempos de espera que no se pueden saltar y los profesionales no somos magos».

Esta médico de familia asegura que «las expectativas de los pacientes sobre nosotros son irreales. Hay mucha gente con problemas en su casa, se sienten ninguneados y la pagan contigo. ¿Por qué la gente espera en la cola de un banco o en la caja de un supermercado y no quiere esperar en la consulta de Urgencias?», se pregunta.

Esta doctora tiene una consulta en Internet, una cuenta en Twitter y un blog. «Y yo veo en las entradas a mi blog cómo la gente agrede. Hay una violencia y brutalidad desaforadas que es el reflejo de la sociedad actual», dice.

Una bajada de azúcar y un empujón

José Manuel Murillo Montes tiene 36 años y lleva casi seis como médico de familia en Sevilla. Lleva dos años en el centro de salud de Cantillana. Una mañana de hace un mes un paciente aporreó la puerta de su consulta en la que atendía a otro usuario. Quería atención médica inmediata porque su mujer se había desmayado un rato antes.

Murillo la atendió y comprobó que estaba consciente y estable, es decir, no necesitaba un tratamiento urgente. «El marido no aceptó este diagnóstico y empezó a gritar e insultarme, me empujó y casi me tira al suelo». El director del centro de salud y el coordinador de enfermería fueron testigos de la agresión. «La señora tuvo una pequeña bajada de azúcar, era un cuadro leve. Le hicimos un electrocardiograma y estaba bien», cuenta.

Hace algunas semanas en Villanueva del Río y Minas se desplomó una persona en mitad de la Feria. Avisaron a una ambulancia pero tardó en llegar porque tenía otro aviso. La doctora que estaba de guardia en el centro de salud, avisada de una convulsión, fue con su coche al lugar del suceso. Al final, resultó ser una parada cardiaca. La médico trató de reanimarlo durante cuarenta minutos en el centro de salud, rodeado de su familia. El paciente falleció y un familiar intentó agredir a la doctora. La Guardia Civil llegó antes y evitó la agresión.

En Torre de la Reina también agredieron a una médica. «Todo esto se ha producido en menos de un mes y va en aumento. Nos mete más tensión a un trabajo que ya tiene mucha responsabilidad porque hablamos de salud de las personas», advierte el doctor Murillo.

«Las urgencias se colapsan por causas banales, cuadros catarrales. A veces por este motivo no se atiende a la verdadera urgencia en el instante justo y un minuto puede ser decisivo -cuenta el doctor Murillo-. A mí me ha llegado a las 11 de la noche un paciente con un dolor de garganta o con una diarrea. La idea que se transmite a la población desde los poderes públicos es que vaya al médico a la mínima. En verano, el dolor de cabeza, el dolor de muelas y el catarro llegan a Urgencias siempre por la noche, nunca de día. Y se acumulan y surgen conflictos», dice.

Amenazas de muerte

Manuel Romero Trabado, médico de Familia de 64 años, se está pensando si jubilarse o no el año próximo. Hace un par de semanas tenía claro que seguiría ejerciendo la medicina hasta que le dejaran. Es la profesión que amo, dice con una mezcla de orgullo y tristeza, pero desde que lo amenazaron de muerte una noche que estaba de guardia en el consultorio de Castilblanco, ya no está tan seguro de que vaya a continuar. «He sido muy deportista, estoy en una gran condición física, soy muy veterano y nunca me he venido abajo», cuenta. Hasta hace un par de semanas.

Ahora recibe apoyo psicológico y tiene que tomar pastillas para dormir por primera vez en su vida. En inspección laboral le recomendaron que se pidiera la baja pero no quiso. «Ningún compañero va a querer hacer guardia allí después de lo ocurrido: la verdad es que estamos vendidos todo el fin de semana aquí, veinticuatro horas, sólo un médico y una enfermera», dice.

La pareja de una paciente que había sufrido un atragantamiento tres horas antes en las fiestas del pueblo y que se presentó a la una de la madrugada en el consultorio es el responsable de su cambio de opinión acerca de la jubilación. «Si hubieran traído un arma o un cuchillo, no sé qué hubiera pasado. Afortunadamente, tras varias amenazas de muerte, se dieron a la fuga cuando les dije que la Guardia Civil ya estaba en camino», cuenta. El doctor Romero no entiende que no haya videocámaras o medidas de seguridad, aunque lo que lamenta es la pérdida de valores y la falta de educación y de cultura sanitaria.

El motivo con el que el SAS calificaría esta agresión sería «sin causa aparente», porque el galeno se limitó a preguntarle a la mujer cuándo tiempo hacía que se había atragantado y con qué. A partir de ese momento, se desata el pánico, los insultos y las amenazas de muerte que presenció Rocío, una joven enfermera contratada para sustituir las bajas de verano. Manuel, más veterano, trató de calmarla, aunque la procesión iba por dentro. «Esto nunca me había pasado pero parece una fiebre. Ha habido cinco agresiones en la provincia de Sevilla en lo que va de mes y ningún médico está libre ahora de que le ocurra algo parecido», lamenta.

Debemos proteger a quienes velan por nuestra salud

Relatos de terror, historias para no dormir, pero no son guiones de películas que se desarrollan en una tierra apocalíptica. Leer este reportaje de ABC de Sevilla delata lo peor nuestra sociedad. Las recientes agresiones que valientemente denuncian nuestros compañeros las podemos sufrir todos.
Desde el Sindicato Medico de Sevilla seguiremos impulsando el que nunca quede amparado el agresor por la protección que le da el anonimato. Nuestra sociedad tiene que ser consciente de que debe proteger a quienes velan por su salud. Nosotros estaremos vigilantes para que quienes tienen la capacidad y mandato de protegernos del agresor y sancionarlo, ejerzan sus funciones con la rectitud y contundencia que la ley permite y obliga.

 

Rafael Ojeda, presidente del Sindicato Médico de Sevilla, para ABC de Sevilla.

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