“Estimado paciente: ¿Qué me pasa?”, carta de un médico de Atención Primaria

Hace mucho tiempo que necesito hablar con usted, estimado paciente, pero no he tenido el sosiego hasta ahora.

Quería escribir sin rencor, sin dejarme llevar por el rescoldo del dolor frecuente que deja mi profesión en el día a día. Más que querer encontrar respuesta, encontrar algo que me haga sentir que sigue mereciendo la pena seguir con mi vocación y no tener el más mínimo atisbo de que me he equivocado en escogerla, debo dar respuesta a mi razón, que me exige que articule cómo hago, por qué y para qué lo hago a estas alturas de mi vida. Seguir así.

Algo debo leer en su mirada cuando delante de mi mesa me otorga su confianza, porque su preocupación es mi ocupación y, a veces, también la de mi familia, porque me la llevo a casa. Es posible que no quiera leer esta parrafada, tampoco es la vida de su jugador de fútbol favorito, al que sigue y le procesa tanta devoción como para conocer sus desganas para marcar un gol; puede que hasta no recuerde cómo me llamo, aunque cada vez que me llama voy… y también sin hacerlo, porque le hago falta. No obstante, insisto, tengo que doblegar mi instinto para encajar, para seguir, aunque sea así…

Hace años, los suficientes, determiné que mi futuro sería dedicarlo a prevenir, solucionar e incluso acompañarle a bien morir en sus últimos días. Sí, no es fácil entenderlo, sobre todo ahora que la edad corroe la memoria y las fuerzas.

“Noto” cómo, desde hace años, no pocos, a veces encuentro en su comportamiento poca empatía con mi situación, falta de deferencia… ¿Qué hago mal? Desconoce mis antecedentes personales, familiares, mis inquietudes, mis ansiedades, mis preocupaciones, las de mi familia, no forman parte del historial que tiene de mí. Usted quiere ser atendido cuando, donde y como quiera… yo no importo.

Lo cierto es que no es raro que me hable mal, de forma hiriente, haciéndome sentir como trapo de fregona que usa y se tira. YO no soy el SISTEMA, pero, en cambio, me responsabiliza de todo, incluso de lo que carezco, exigiendo lo incumplido que le prometieron otros. ¿Es necesario tener vigilantes de seguridad en los centros que cuidan de usted? ¡La sociedad tampoco “se crea ni se destruye, se transforma”!, y su base ha sido torpedeada en su conciencia hasta el punto que dedicar la vida a los demás se ha convertido en un riesgo ¡que duele! Así es: la extensa lista de sus derechos en contraste con la exigua de deberes.

¡Querido paciente, es fácil que en los próximos días tenga que realizar un curso de autodefensa que me enseñe a colocar el mobiliario de la consulta para facilitarme la huida de usted cuando se enfade conmigo, a saber protegerme con mis compañeros mediante un botón que la propia institución formaliza su uso como algo habitual! ¡Un botón del pánico! En definitiva, tener a mano el teléfono del INTERLOCUTOR POLICIAL SANITARIO. ¿Qué maldito sortilegio ha cambiado nuestras relaciones?

No es esencia de estas líneas, lo será, el hablar de si hemos hecho una sociedad medicalizada, eruditamente analfabeta, a la hora de utilizar redes de información telemáticas, también muchas veces producto del desconocimiento y de los intereses creados. ¿La Sanidad el “nuevo opio del pueblo”?

Ahora soy yo quien le pregunta por el pronóstico de nuestra relación: ¿seguiremos así mucho más? ¡De verdad que ya me flaquean las ganas y las desganas, todo!
Créame que espero con verdadero anhelo ese tratamiento que, si no curativo, palíe este estigma que me ha hecho hoy replantearme mi continuidad en lo que un día fue, con orgullo, santo y seña de mi razón de ser.

Gracias… y hasta cuando me necesite, que seguiré estando, a pesar de todo.

Manuel Cancio, médico de Atención Primaria

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