Dimita, señora ministra. No hace falta precisar de qué ministra se trata, ¿verdad? Seguro que la aludida lo sabe. Todo el mundo lo sabe. Su nombre y su cara, más o menos transformada por la IA, viene llenando eslóganes, memes, vídeos, artículos y qué sé yo más, a lo largo de los últimos meses. Y todos diciendo variantes de lo mismo: «sin médicos, no hay Medicina».
Su dimisión es precisa. Y lo es cuanto antes. Y no precisamente por su filiación política. Lo es porque empieza a madurar un rarísimo consenso en este país. Uno que cuajó hace meses entre los médicos de la Sanidad Pública y que, ahora, se extiende sin parar entre los medios, la ciudadanía y, por fin, buena parte de los partidos políticos. Un consenso que se resume de forma simple: ahora el problema es usted, señora. Y si no lo era en su origen, se ha convertido usted en un peñasco tan enorme en medio del camino, que ya no nos planteamos dinamitar el obstáculo, sino construir un camino nuevo.
Entre otras cosas, tiene que dimitir por ostentar el peor de los defectos que puede tener un político. Una carencia que va más allá de los errores de gestión o las torpezas de comunicación. Peor aun que las malas interpretaciones de los tiempos y sus oportunidades, o incluso que las sospechosas coberturas de presuntos delitos — tranquila, nadie le acusa de eso —. Su defecto es peor, mucho peor: una acusadísima anosmia. En plata, falta de olfato. Claro que nada puede olerse la que decide aislarse de los centros de salud y de los hospitales, que es su área de responsabilidad — sí lo es, señora, aunque se asuma que dichas competencias están transferidas —.
Se formó usted con una generación profesional ya felizmente jubilada o, como en mi caso, a las puertas de hacerlo. Tras dejar la bata, usted no se percató de que el mundo sanitario seguía girando. Y de que, al hacerlo, la población facultativa mutaba hasta un punto de no retorno. Un punto que otros políticos de raza habrían apreciado mucho antes. En este sentido, seguro que algún avispado se habría interesado por saber qué se cocía en los que fueron sus pasillos asistenciales. De haberlo hecho usted, en lugar de limitarse a las cómodas compañías de los sindicatos mayoritarios, se habría percatado de la fuerza subyacente del movimiento médico. Y de sus razones, que no son pocas.
Asómese, si quiere, a ciertas cuentas de Instagram, y no tanto al complaciente «equipo de información sincronizada». En dichas cuentas, no se advierte ningún odio, oiga. No se le desea mal a nadie. Al revés, hay amor, con perdón por la cursilería. Amor al tiempo libre. A los hijos. A la pareja. Enormes ganas de compartir el tiempo con la gente querida, vaya. O, simplemente, amor a las aficiones de uno. Y ya me estoy equivocando: en el caso que nos ocupa, más vale decir las aficiones de una. Porque, en la profesión médica actual, el predominio femenino no puede calificarse de mayoría simple, sin más. En este sentido, corresponde mejor a la realidad hablar de hegemonía abrumadora. Y, con ello, muchas cosas han cambiado de cuando usted era residente, señora. Demasiadas.
Puede plantearse si, con demasiada frecuencia, la antigua generación de médicos varones se veían impulsados (por ellos mismos y por el medio) a aliviarse la relativa penuria económica mediante el demoníaco sistema de las guardias de 24 horas. En saludable contraste, buena parte de la generación actual de doctoras se ríe cada vez más de meritocracias estúpidas y chantajes emocionales que conllevan desatender la esfera personal. Currar, sí, con toda seriedad y dedicación. Estudiar, por supuesto, e investigar, también. Pero siempre que todo ello esté en equilibrio con otros aspectos de la vida de una misma. Unos aspectos que son lo fundamental de unos años que ya no vuelven.
Se equivoca, por tanto, el que se atreva a medir el éxito o fracaso de la huelga a través de un seguimiento «reventado» a base de servicios mínimos. La invito, señora, a valorar todo esto, como hacemos tantos, como epítome del cambio sociodemográfico de la profesión médica. Y la invito de igual modo a que, en el ámbito de su responsabilidad, se le aprecie el feminismo del que hace gala en público y en privado. A ver si este feminismo se aplica en concreto y con decisión, más temprano que tarde, a toda una generación de doctoras dedicadas a la Sanidad Pública del país del que usted aún es ministra. Ministra de Sanidad, oiga.
Pero usted sigue atascada en el «Ámbito de Negociación», ¿verdad? Pendiente ahora de la reunificación de la izquierda de cara a salvar los muebles en unas elecciones generales que se les plantean feas, ¿no es cierto? Es por todo esto por lo que le reitero: usted se nos ha convertido en el problema, señora ministra. En un escollo insalvable para escuchar y valorar a esta generación de doctoras jóvenes que nos tienen que atender a todos. Y que tienen que hacerlo contentas e ilusionadas. Y, además, descansadas. Por ello, váyase hoy mismo, ministra. Deje paso a otra persona más capacitada para captar y entender los nuevos aires que corren por la profesión médica. «For the times, they are a-changin’», como cantaba Bob Dylan. ¿Conoce la canción? Fue un himno para la generación de sus padres, señora. Pregúnteles a ellos.