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SNS 2026: cuando un sistema sólo funciona obligando a sus médicos

Durante meses se han escrito ríos de tinta sobre el conflicto abierto en torno al nuevo Estatuto Marco impulsado por el Ministerio de Sanidad y sobre la gestión de la ministra Mónica García. Se han escuchado elogios y críticas, análisis políticos y reproches cruzados. Pero hay un efecto concreto que pocas veces se ha señalado con claridad.

Por primera vez en décadas, todas las instituciones médicas de España —colegios profesionales, sindicatos y sociedades científicas— han cerrado filas en torno a una misma causa: el rechazo a un Estatuto Marco que consideran injusto y que ignora las reivindicaciones históricas del colectivo. En un sector tradicionalmente plural, esta unidad resulta extraordinaria. Y dice mucho sobre el nivel de malestar que se ha alcanzado dentro del sistema sanitario.

Ese malestar no ha surgido de repente. Durante años se ha ido consolidando una sensación cada vez más extendida entre los profesionales: que el Sistema Nacional de Salud funciona gracias a un esfuerzo laboral que supera ampliamente lo razonable. El conflicto actual simplemente ha hecho visible algo que llevaba mucho tiempo gestándose en hospitales y centros de salud.

En este contexto, una de las declaraciones más reveladoras del debate ha sido la defensa del carácter obligatorio de las guardias para garantizar el funcionamiento del sistema. El argumento es sencillo: si las guardias dejaran de ser obligatorias, muchas quedarían sin cubrir.

Pero esa afirmación encierra una conclusión difícil de ignorar. Si un sistema sólo puede garantizar su funcionamiento obligando a sus profesionales a realizar determinadas jornadas, significa que las condiciones en las que se realizan no resultan lo suficientemente atractivas para que se hagan voluntariamente.

La implicación es profunda. El sistema sanitario español —uno de los pilares del Estado del bienestar— depende en gran medida de que miles de médicos prolonguen su jornada laboral mediante guardias que, en términos estrictamente laborales, son horas extraordinarias. Y lo hacen, además, en condiciones retributivas que sitúan el valor de esas horas por debajo del de la jornada ordinaria, algo que incluso se recoge sin pudor y de forma oficial en las resoluciones anuales de retribuciones.

Durante años esta realidad se ha aceptado como una peculiaridad inevitable del sistema. Pero esa normalización empieza a resquebrajarse. Las movilizaciones médicas actuales no son un episodio aislado ni coyuntural, sino la manifestación visible de un problema estructural.

Además, por primera vez, la ciudadanía empieza a tomar conciencia de ello. Cuando muchos pacientes han descubierto las condiciones laborales reales bajo las que trabajan los médicos —guardias obligatorias, jornadas prolongadas y responsabilidades crecientes— la reacción más habitual ha sido la sorpresa: ¿Cómo es posible que un sistema sanitario moderno dependa de este modelo laboral?

Parte de la explicación se encuentra en la evolución social de las últimas décadas. Durante mucho tiempo, el sistema pudo sostenerse porque muchos médicos asumían sus exigencias dentro de un proyecto vital relativamente estable: trabajo fijo, compra de vivienda y formación de una familia.

Ese contexto está cambiando con rapidez. Las nuevas generaciones presentan mayor movilidad profesional, objetivos vitales distintos y una menor disposición a aceptar condiciones laborales que perciben como injustas. En este escenario, abandonar el sistema público para trabajar en la sanidad privada o emigrar a otros países deja de ser una excepción para convertirse en una alternativa real.

Y ahí es donde el debate del Estatuto Marco adquiere una dimensión mucho más profunda que una negociación laboral.

Lo que está en juego no es sólo un conflicto entre administración y profesionales. Lo que está en cuestión es la sostenibilidad del modelo organizativo sobre el que se ha construido el Sistema Nacional de Salud durante décadas.

Si las condiciones laborales no cambian, el sistema corre el riesgo de entrar en ruptura total: dificultades para cubrir guardias, sobrecarga creciente de los profesionales que permanecen en el sistema y, finalmente, pérdida de capacidad asistencial.

Ante esta situación, la política sanitaria tiene básicamente dos caminos: reformar de forma profunda el modelo laboral de la profesión médica para adaptarlo a un modelo del siglo XXI o confiar en que el sistema continúe funcionando por pura inercia hasta que se rompa definitivamente.

Para colmo, las propuestas que se presentan como alternativa política también parecen obviar el núcleo del problema.

Un ejemplo reciente es la carta remitida a los médicos por el presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo. El documento recoge compromisos relevantes en materia de planificación de recursos humanos, ampliación de plantillas o reducción de carga burocrática. Sin embargo, también revela hasta qué punto el debate político sigue evitando el punto central.

La propuesta plantea que las guardias —que no dejan de ser horas extraordinarias— se equiparen, al menos, al valor de las horas ordinarias. Es decir, ni siquiera se propone que se paguen como lo que realmente son: horas extraordinarias.

Del mismo modo, tampoco se contempla el reconocimiento de un Estatuto propio para la profesión médica, una reivindicación histórica que permitiría adaptar el marco laboral a las particularidades de la práctica médica.

En otras palabras: incluso con las alternativas políticas que se plantean, el sistema seguiría descansando sobre un modelo laboral que obliga a los médicos a sostenerlo bajo condiciones de semi-esclavitud.

Porque no olvidemos que el problema del sistema sanitario español ya no es sólo laboral. Es estructural. Y cada vez son más los profesionales que lo dicen sin rodeos: «si el sistema sólo funciona obligando a quienes lo sostienen, el problema no son los médicos. El problema es el sistema y quienes lo perpetúan».