«Lo que piden es imposible». Así se arrancaba Mónica García hace un par de días respecto a las reivindicaciones que han unido a todos los médicos de la sanidad pública. Es duro. Desolador incluso. Llevo semanas sin escribir. Justamente por lo dicho: pintan bastos. Y no es agradable porque, ahora más que nunca, se precisa mantener la unidad y la determinación.
Pintan bastos, ya lo veis. Pero el futuro, negro como él solo hace tan solo un año, admite ya un tono gris oscuro. Porque han pasado cosas en 2025. Cosas importantes. Primero, ha habido varias convocatorias de huelga. Y pese a todos los intentos de reventarlas con mínimos “máximos”, el seguimiento ha sido todo un récord. Uno olímpico, comparado con décadas previas de desánimo y depresión del colectivo. Una movilización que el 13 de junio, sin ir más lejos, nos sorprendió a los convocantes. Y, además de ello, se aprecia al fin una saludable unidad de acción: 2026 aparece con todas las fuerzas sindicales de los distintos territorios aparcando antiguas diferencias en favor de objetivos comunes.
Pues que no sorprenda a nadie, que hay una buena razón: en la calle ya hay una renovación generacional de la profesión. Una hornada nueva, amamantada con los comentarios de sus mayores, mezcla de desaliento y desesperanza. Hartura, que decimos en Sevilla (“jartura”, más bien, que es un grado de mayor severidad). Pues échale hartura, añade juventud y quita la sobredosis de intimidación pseudoprogre y de cobardía, y sale una generación nueva. Una que se la juega con lo de su estatuto propio que doña Mónica se niega tenazmente a negociar. El comentario está recogido en la prensa y viene remachándose y amplificándose en cada jornada de protesta: «esto no se para».
No nos engañemos ni un segundo: el muro mental de nuestros legisladores-reglamentadores sigue incólume. No se le advierte un matiz o grieta. En cuestiones laborales, Mónica García y su equipo se limitan a las perspectivas del campo de juego de un extraño «ámbito de negociación» donde pacen tranquilamente (y desde hace la tira) fuerzas sindicales mayoritarias ajenas a nuestra problemática. Va a ser muy difícil sacar de ahí a Mónica García. Más que espacio de confort, parece la prisión de Juana la Loca en Tordesillas. Tal cual.
No se equivoque nadie; esto no es un problema ideológico. La postura no va a cambiar con otro ministro de Sanidad. Ni del PSOE ni del PP, en el caso de que este partido consiga ganar las elecciones. Ignoro si el “remake” que nos ocupa del viejo estatuto de las profesiones sanitarias logrará atravesar los últimos obstáculos y convertirse en ley. Si lo consiguiera, la profesión médica habría conseguido un objetivo. Uno solo, pero crucial:
Que se hable (y mucho) de nosotros. Todos los los días. Que se comenten nuestros sinsabores laborales. De cómo los problemas de las guardias médicas impactan en la asistencia sanitaria de cientos de miles de ciudadanos. O de cómo el agotamiento, las dificultades para conciliar y tantas cosas que hemos detallado hasta la saciedad explican tantas deficiencias percibidas por el ciudadano en la atención que recibe.
De este modo, se está generando un tema recurrente y omnipresente, conjuntamente con tantos otros, como el precio de la vivienda o el deterioro de la seguridad ciudadana. Pinceladas indelebles de una realidad hiriente que configuran el recuerdo ciudadano de una época determinada, como el hambre de los cuarenta, o el desempleo crónico, estructural y desesperante de los setenta-ochenta hasta hoy mismo. Un aspecto del lado feo del paisaje nacional, como la proliferación de apartamentos turísticos o la cantidad de gente durmiendo en las calles. Un síntoma más del eterno divorcio entre la España real y la oficial, una muestra más de cómo la garra cutre y cruel del siglo XX se niega a liberar la vida colectiva de nuestro pueblo.
Porque, al igual que de los problemas antes mencionados, no se sale fácilmente de un problema tan de calado, y a los hechos me remito. En otros escritos he puesto de manifiesto el modo en que la gran expansión asistencial de la sanidad pública española pudo realizarse gracias a disponer de una enorme masa facultativa (subempleada o desempleada, precarizada en todo caso), dispuesta en aquel momento a aceptar lo que sea. Ello permitió un desarrollo normativo (en el «ámbito de negociación») y una política remunerativa tradicionalmente hostil hacia la profesión. A ver quién es el guapo que mueve un naipe de ese castillo. Ni tirios, ni troyanos, ni el sursuncorda.
Porque, a fin de cuentas, es de dinero de lo que se trata, no os quepa la menor duda. ¿Estatuto propio para los médicos? ¡Horror horroris! ¡Sería abrir la puerta del infierno (administrativamente)! ¡Hablar por fin del precio real de la hora trabajada! ¡De la guardia localizada, dependiendo de si te llaman o no! ¡O de la de presencia, de los topes reales de horas semanales y del precio por hora! ¡De negociar todo ello en un verdadero «ámbito de negociación», puramente profesional, aliñado con la política de RRHH, alejando los intereses de otros colectivos no médicos!
Sería, en suma, tocar el frío suelo de la realidad asistencial del mundo real occidental. Salir de una puñetera vez de las especialísimas condiciones del puteo en que consiste hasta hoy el ejercicio de la profesión médica en la sanidad pública de nuestro país.
Es por todo lo anterior por lo que aún pintan bastos. Aún queda mucha lucha por delante. Muchísima. Tendrá que jubilarse toda una generación de políticos incapaces y, con ella, otra aun más oscura de administradores acomodados a realidades superadas. Los médicos de este país hemos dado pasos de gigante a lo largo de 2025. Pero a este gigante aún le quedan mil pasos cuesta arriba hasta que aparezca una minúscula luz al final del túnel. Mil pasos de una marcha que ya no hay quien la pare.
Firmado: doctor Federico Relimpio Astolfi, médico y escritor. Delegado del Sindicato Médico de Sevilla. Un sindicato para una profesión. ¡Afíliate!